domingo, 9 de septiembre de 2012

Savina Cuéllar, una enfermedad la acercó a Dios y un crimen la llevó a la política

Tenía razón Savina Cuéllar. La mejor manera de llegar a su casa es preguntando a la gente. La exprefecta de Chuquisaca es una figura conocida en el barrio Japón de la periferia de Sucre, donde además de ser conocida por su participación en la política, es una de las vecinas más antiguas de ese populoso barrio que aun no tiene asfaltadas sus calles y que ha multiplicado sus habitantes en las últimas dos décadas.

“ ¿La Savina?… vive acá a dos cuadras”, “¿Ve esa de puerta verde? Ahí es”. Así, preguntando llegamos a su casa luego de concertar la entrevista y de la brevísima indicación que recibimos de ella vía teléfono.

Savina vive en una casa de cuatro pisos, construidos en un lote de cerca de 150 metros cuadrados en forma de L. Nada de lujos, porque allí construir un piso más no es sinónimo de riqueza, sino el único recurso que tiene la gente para ganar espacios en sus terrenos de pocas dimensiones y de familias numerosas.

El terreno fue una herencia que recibió su esposo y allí llegó Savina con sus hijos todavía pequeños desde el campo. “Vendimos nuestras ovejas y otros animales que teníamos y nos vinimos a la ciudad para que los chicos puedan estudiar”, cuenta en el garaje de su casa, donde nos recibe y que por estos días se ha convertido en depósito de decenas de bolsas de ají colorado que compra de Huacareta y que ella se encarga de procesar y vender.

Sentada en una de las bolsas, la exprefecta no deja de despicar los ajíes mientras explica el proceso que los convierte en el polvo con el que se adereza y se confiere el intenso color rojo que caracteriza a muchas comidas bolivianas.

Habla rápido y en un español que se deja entender, aunque a veces le cuesta encontrar las palabras precisas. “Yo hablo quechua, no hablo castellano. Recién cuando vine a Sucre he aprendido a hablar”, afirma y cuenta que además de comprar y vender otros productos del campo que comercializa en la ciudad ha vuelto a sembrar papa, cebolla y arvejas. “¿Qué más vamos a hacer? Esa es nuestra vida desde chicas. Nosotros de todo sabemos hacer, porque la gente humilde de todo hace. Cualquier cosa hago yo”, dice con orgullo.

De sombrero negro, trenzas y con el mandil de dos bolsillos que usan habitualmente las comerciantes de los mercados del país, cuesta pensar que esa sencilla mujer gobernó a más de medio millón de habitantes que tiene Chuquisaca. En persona, Savina también contrasta con la fotografía que tiene en la sala de su casa y en la que se la ve con la banda de prefecta del departamento y a la que, con el Photoshop, se le han quitado las arrugas; luce más blanca de lo que en realidad es. Pero es la de verdad, la de mandil, la que ríe y se le acentúan las líneas de expresión, la que resulta más convincente, no la imagen de la líder política, la que uno descubre en la intimidad de su hogar, cuando no tiene que responder a las acusaciones de sus adversarios políticos y cuando solo tiene que hablar de sus afectos.



Sabor. Se dedica a vender ají de Huacareta.















SU PADRE HIZO DE MADRE

Nació en Ichupampa, municipio de Tarabuco, provincia de Yamparaez. Su madre se llamaba Ana Leaños y falleció cuando ella tenía dos años. Es la menor de tres hermanas y un hermano. Su padre, Martín Cuéllar Espinoza, fue un agricultor de la misma población de Tarabuco. Asumió la responsabilidad de criarla y contó con la ayuda de sus hijas mayores. Una de ellas, Hilaria, es la madre del actual gobernador de Chuquisaca, Esteban Urquizo Cuéllar.

“Mi papi me cargaba en su espalda y me llevaba hasta donde estaban los sembradíos. Me ponía debajo de un molle, mientras él trabajaba la tierra. Sentadita lo esperaba hasta que acababa. Él sembraba papa, trigo, maíz, cebada y siempre traía ganado para el pueblo de otros lados. Sufrimos sin nuestra mamá, pero gracias a Dios mi papi no nos hacía faltar de comer. Tampoco era fácil entrar a la escuela, porque era lejos y primero había que cuidar los chanchos, ovejas y otras labores de la casa”, recuerda Savina.

En ese ambiente rural y sin poder ir a la escuela pasó su niñez y su adolescencia. Pero para ella su padre siempre fue un ejemplo. Durante muchos años fue uno de los líderes campesinos de su región e influyó en ella para que a los 17 años formara parte del grupo de mujeres campesinas indígenas que viajó a La Paz en apoyo a Lidia Gueiler. Ese grupo dio origen a la Federación Nacional de Mujeres Campesinas de Bolivia Bartolina Sisa. Sin embargo, el golpe de Estado de García Meza y el arresto de su padre por una semana durante la dictadura la alejaron de la actividad política.

A los 18 años se casó con Leonardo Ávalos, con el que se fue a vivir a la comunidad de Cusi Huasiy. Con él tuvo siete hijos (dos hombres y cinco mujeres). En busca de mejores condiciones de vida y para que tuvieran una buena educación, decidieron dejar el campo y trasladarse a la ciudad. Fue entonces que Savina empezó a dedicarse al comercio y empezó a vender ropa usada o ‘americana’, actividad en la que estuvo durante 15 años. A la par, seguía sembrando diversos productos en el campo y su marido compraba ganado y se dedicaba a ser matarife. Con el tiempo las cosas parecían ir mejorando.

Con el casco puesto, a punto de participar en el circuito Oscar Crespo de Sucre. Le gusta la velocidad

































DIOS ES MI MÉDICO

No hay conversación con Savina en la que no mencione a Dios y deje a él la solución de sus pro blemas más difíciles. Ella acude todos los domingos de siete de la mañana hasta las diez a una iglesia evangélica que se encuentra en el mercado San Antonio de Sucre. No faltan ocasiones en las que es su casa el sitio donde se realizan algunas de las celebraciones presididas por pastores.

Pero no siempre tuvo esas creencias “Yo era católica y me he casado en la religión católica, pero mi marido empezó a enfermar de sus ojos. Le aparecía como una araña en los ojos y se le ponían muy rojos. Los médicos me han dicho que cieguito iba a quedar. Después lo llevamos a distintos curanderos. Fueron siete años de sufrimientos hasta que se lo entregué a Dios y a la iglesia evangélica. Oramos, pedimos perdón todos los días, leímos la Biblia, ayunamos y con eso se ha curado. Por eso digo que Dios es mi abogado, mi médico, mi papi y no me va a dejar faltar la comida en mi casa. En esa fe los he criado a mis hijos y por eso es que no son fiesteros, ni borrachos y bien tranquilos son”.



LA TRAGEDIA Y LA BÚSQUEDA DE JUSTICIA

Pero fue una tragedia la que cambiaría el rumbo de su vida y la llevaría nuevamente a la actividad política. En septiembre de 2001 su padre, su esposo y uno de sus cuñados fueron asesinados en Monteagudo. Los tres habían viajado hasta esa ciudad para comprar ganado, pero fueron engañados por un ladrón que en complicidad con un taxista los llevó a un lugar alejado con la excusa de mostrarles las vacas que ellos tenían.

Les dispararon y les sustrajeron todas sus pertenencias. Poco tiempo después cayeron los asesinos (Cecilio Sandoval y Mario Callejas), que confesaron el asesinato. Contaron con detalles cómo habían procedido. Sandoval les ofreció plata para que desistiera de su acusación. Tras su negativa y antes de que le dieran sentencia escapó en complicidad con los policías y personeros judiciales.

En ese momento empezó el peregrinaje de Savina y sus familiares para que se hiciera justicia. Incluso viajó hasta La Paz, pero nadie le hizo caso, e incluso hubo gente que su burló de ella. “En ese tiempo el Evo decía vamos a hacer una asamblea constituyente y con la nueva constitución haremos justicia. Eso me animó a empezar a apoyarlo para presidente, pero después no ha tomado en cuenta nuestras propuestas. Yo creo que a los cogoteros se les debe aplicar la pena de muerte. Ahora he dejado en manos de Dios ese asunto. Él, tarde o temprano juzgará a ese asesino”, dice visiblemente emocionada.

Savina cuenta que no solo ella apoyó a Evo, sino gran parte de su familia. Su hijo mayor, Leonardo, fue durante dos años guardaespaldas del actual presidente de la nación. “El Evo ha venido a mi casa para un 6 de agosto para la parrillada que hicimos por el cumpleaños de mi hijo. Era humilde, educado. No estuvo mucho tiempo. Leonardo trabajó mucho para la primera campaña para presidente y cuando él era todavía parlamentario. Terminó la campaña, salió presidente y no lo ha llamado más”.



FAVORITO. El ají de palomita es su plato predilecto. Ella misma muele el trigo en un batán. Con este plato quiere celebrar sus 50 años de vida, que cumplirá en enero

























VIDA COTIDIANA

La exprefecta de Chuquisaca vive actualmente dedicada a trabajar para su familia, pero no descarta volver a la política “si el pueblo lo pide”, aclara. Asegura que los siete procesos judiciales que le han iniciado no le preocupan. “Yo más bien me siento fortalecida, porque me obligan a continuar luchando contra la mentira. Un año y diez meses he abandonado a mi familia para responder a la gente con proyectos y obras y he tratado de cumplir con ellos. No me he quedado con un centavo de más. Ganaba Bs 12.700, mensual que no iban para mi familia, sino para las promociones y clubes que me nombraban madrina. Muchas cosas pide la gente humilde y yo les daba mi plata. A mi casa no llevaba casi nada de eso. Más bien he tenido la suerte de que tengo una hija que vive en España y que ella me manda algo de dinero”, asegura Savina.

Recuerda también las largas jornadas que debía cumplir en la función pública. “A veces teníamos que viajar a una comunidad para alguna actividad o entregar algún proyecto y si llegábamos a Sucre a las seis de la mañana ya no iba a mi casa, iba directamente a la Prefectura. Así era, porque había que cumplir con la gente”.

Actualmente, Savina vive con seis de sus siete hijos y se sigue levantando todas las mañanas entre las cuatro y cinco de la mañana y no descansa hasta las 22:00.

Afirma que no tiene amigos. “Desde chica no he tenido amigos, porque me he dedicado a mi familia y a trabajar. Los políticos andan con su grupito ¿no ve?, pero a mí no me gusta eso. No tengo tiempo para andar en eso y no me gusta estar en fiestas o celebraciones, porque todavía tengo que mantener a mi familia”, cuenta.

Sin embargo, ella destaca siempre el afecto que la gente le da. Guarda todos los recuerdos y reconocimientos que incluso hasta en las comunidades más pequeñas le regalaron y de su gestión en la Prefectura conserva una colección de más de una veintena de sombreros que le fueron regalando en cada visita a las provincias chuquisaqueñas. Con especial cariño también guarda los trofeos que le dieron cuando participó en los rallys de automovilismo realizados en Sucre. Ella no dudó en dejar de lado su tradicional pollera y enfundarse el enterizo de corredor y el casco para ser copiloto de dos reconocidos corredores chuquisaqueños.

Savina cumplirá en enero 50 años y espera celebrarlos sin fiesta ni grandes festejos, solo con un buen plato de ají de palomita, su plato favorito y que ella misma prepara moliendo el trigo en batán, porque entre los muchos otros oficios que ella tiene, la cocina también es una de sus especialidades.



FAMILIA. Su hijo Leonardo la acompaña. La convirtió en abuela. Las dos hijas menores de Savina Cuéllar son mellizas



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