jueves, 6 de octubre de 2016

Prostitución masculina clandestina utiliza códigos y las redes sociales

En Cochabamba se escucha de hombres que se paran en algunas plazas y calles ofreciendo sus servicios sexuales, pero no de manera tan clara como en La Paz, donde “el santo y seña” es llevar una flor en la solapa del saco y sombrero o como en Santa Cruz, donde se acercan a decir directamente que son “pre pagos”.

Sin embargo, la prostitución masculina en la Llajta todavía es un mito para algunos. Pese a ello, es real y está en calles y plazas de la ciudad, discotecas, saunas y baños públicos.

Aún es poco percibida por autoridades de Salud, Policía e Intendencia que ante la pregunta de este medio, atinan a decir que carecen de personal para el control, no está prohibido o dicen desconocer los pormenores.

Esta actividad usa códigos y redes sociales para conseguir clientes y autoprotegerse del machismo y la discriminación. Ubica muy bien sus lugares de acción. Se ampara también en la noche, por el estigma y rechazo de algunos sectores de la sociedad. Es un trabajo clandestino, pero tiene variadas formas que se han ido ramificando y “perfeccionando” entre los trabajadores sexuales y clientes que no son solo mujeres, sino también hombres heterosexuales, gays, trans y bisexuales, de acuerdo a testimonios recogidos por OPINIÓN. Es un entramado que crece y demanda, cuanto antes, que se hagan leyes para reglamentar este oficio.

PARA MUJERES

Freddy Zambrana, que trabaja en el programa VIH SIDA del Servicio Departamental de Salud (SEDES), considera que la prostitución masculina comienza en los espectáculos de striptease (desnudos masculinos) que demandan las mujeres, principalmente, en despedidas de soltera y cumpleaños. De ahí se pasa a formas más sofisticadas usando las redes sociales como el WhatsApp, Facebook y se han creado grupos cerrados donde el comercio va creciendo sin control de ningún tipo, principalmente, en el ámbito de la salud pública.

Hay anuncios explícitos en algunos medios impresos y esto ya ha llamado la atención de la Iglesia, como, en reiteradas oportunidades, lo dijo el padre Miguel Manzanera.

PARA GAYS

Para Jovito, un gay declarado y ahora activista, la prostitución masculina atiende a gays desde hace por lo menos tres décadas en la Llajta. Recuerda con nostalgia a la “Silpanchería”, un lugar de venta de este plato típico de día y bar gay de noche. En estos grupos considerados vulnerables, la prostitución ha ido creciendo, pero, a la vez, se han ido creando grupos cerrados en WhatsApp y Facebook. Basta hacer un recorrido por las redes sociales. La tecnología les ayuda en sus propósitos. La comunicación es inmediata porque las citas se hacen de manera efectiva y rápida, como lo describió OPINIÓN cuando visitó varios baños donde se practica y se promueve el sexo express.

Este grupo también ha definido algunos centros de internet para sus citas. Esto puede cambiar de acuerdo a la “moda” y ‘joda”, como ellos mismos refieren.

HOMBRES CON HOMBRES

El sexo de Hombres entre Hombres (HSH), poco escuchado, se conoce por testimonios de los propios trabajadores sexuales, principalmente, gays. “Son hombres de familia, bien puestos, padres que tienen hijos y no han salido del clóset, pero les gusta penetrar”, así describe Peppa, un gay que atiende a varios de ellos a quienes les califica como discretos, pulcros que algunas veces solo van a charlar y contar sobres sus problemas familiares.

Ni los sacerdotes se salvan, Jovito admite conocer a tres “curitas” gays, incluso fue pareja de uno de ellos.

De toda esta actividad, lo que más preocupa, por lo menos en palabra, es el poco cuidado que tienen algunos jóvenes y trabajadores sexuales que practican su actividad sexual sin precaución, tal como refiere el médico del CDVIR SEDES, Wálter Flores Murillo.

“Es imprescindible hablar de sexo en serio con los hijos. Las charlas sobre este tema en los colegios no son suficientes”, concluye.

“No gano mal, pero me escondo para no ser discriminado”

A sus 25 años, John no es arquitecto ni abogado como sus padres lo hubiesen querido.

Sin temor, reconoce que es un trabajador sexual. Sin embargo, dice que esa admisión la hace con quien tiene confianza y, claro, con los clientes que contratan sus servicios.

“Los hombres no podemos mostrarnos como trabajadores sexuales, porque la gente en Cochabamba no está acostumbrada a ver en las esquinas hombres ofreciendo servicios sexuales, así como lo hacen las mujeres en la Aroma o en El Prado”.

John tiene piel canela, pelo ondulado de color castaño y mide 1.75 de estatura. Ofrece sus servicios a través de anuncios en los periódicos y por facebook.

Lleva cuatro años en el negocio, que, según dice, le genera suficientes recursos para poder vivir. Sin embargo, admite que su trabajo no es sencillo, debido a que debe trabajar casi clandestino por temor a ser discriminado.

“Quien te descubre y más si eres hombre, te discrimina como si este trabajo no fuera también para hombres. No robamos ni maltratamos a nadie”.

John presta servicios exclusivamente a mujeres, quienes lo buscan generalmente los viernes y sábados. “Esos días son cuando más clientes tengo, pero eso no significa que no trabaje los otros”.

Consultado sobre cuánto es su tarifa, John sonríe y responde: “De acuerdo al pecador, en este caso, a la pecadora”.

Ya más serio, confiesa que su tarifa varía y va desde los 100 hasta los 250 bolivianos la hora. “Muchas mujeres no siempre te contratan por una hora, a veces lo hacen por tres, pero no para tener relaciones sexuales, sino también para hablar. Hay quienes se sienten solas y quieren compañía y yo se las doy”.

¿De qué edades por lo general son tus clientes? John se queda callado unos segundos y dice que la mayoría está sobre los 40 años.

RIESGOS

En los cuatro años que lleva como trabajador sexual, John dice que tuvo algunas dificultades con sus clientes, quienes a veces se resisten a pagar la tarifa acordada.

“Hay algunas muchachas que son malas y te tiran el dinero cuando les discutes, pero, por lo general, trato de evitar estos problemas. Los riesgos para quienes prestamos servicios a mujeres no son tan graves como para aquellos que tienen relaciones con otros hombres. Ahí la cosa es mucho más peligrosa, porque puede llegar hasta la muerte”.

Recuerda que hace unos meses un amigo fue golpeado por un cliente que solicitó sus servicios. “Lo mandó al hospital, porque le dio varias patadas en el estómago y en la cara, todo porque mi amigo no quiso hacer lo que el cliente le exigía”.

Para John, las trabajadoras sexuales corren similares riesgos que los travestis o los gay. “Hay gente violenta y malvada que luego de acostarse, termina insultando y golpeando. Ellos no los buscan, son los clientes quienes lo hacen”.

Ante esta situación, John pide que se respete a su gremio, sea hombre, mujer, gay o travesti. “Es un trabajo más como cualquier otro. No les robamos ni golpeamos, solo damos un poco de amor y compañía a quien nos solicita”.

Respecto al control preventivo para evitar enfermedades de transmisión sexual, comenta que lo hace por cuenta propia y no acude a ninguna institución como otros lo hacen.

“Yo tengo mi médico particular a quien acudo pasados dos meses o un poco más. Por lo general, yo trabajo protegido para evitar contraer cualquier enfermedad. Le temo al sida, porque mata y por eso siempre tengo preservativos y algunas cositas más”, cuenta y saca del bolsillo de su chamara un preservativo como prueba de los cuidados que tiene. Sin embargo, confiesa que no va a un centro como el Cedevir para evitar que lo identifiquen.

“El celular es clave para que mis clientes se contacten y tomen mis servicios”

Un celular Samsung J5 se ha convertido en el equipo inseparable de Manuel, un joven de 20 que desde hace un año ha decidido ser trabajador sexual.

Su acento lo delata de no ser de Cochabamba, sino del oriente, de donde dice haber huido porque su familia no aceptó su inclinación sexual, luego de que él confesara que no amaba a una mujer, sino a un hombre.

“No puedo negar, soy gay y me gusta ser lo que soy. Me enfada que mi familia no me haya aceptado, por eso estoy aquí, ofreciendo mis servicios porque es lo que puedo hacer”. Comenta que si sus padres y hermanos lo hubiesen aceptado, tal vez su vida habría tomado otro rumbo. “Hoy estaría estudiando alguna carrera o trabajando en otra cosa, pero me dieron la espalda”.

Aunque intenta justificar las razones por las que decidió ser trabajador sexual, afirma que no pierde la esperanza de que algún día pueda dejar esta labor y dedicarse a otra actividad menos riesgosa.

Mientras conversa no deja de ver su celular, porque explica que aguarda la llamada de un “pelado” que le pidió sus servicios.

“Yo ofrezco mis servicios por el periódico, a través de tarjetas que reparto en algunas discotecas y también por grupos de WhatsApp que se han formado. Tengo ya mis clientes”, dice mientras vuelve a mirar el teléfono para asegurarse que nadie escuche lo que está comentando a este medio.

Cuenta que algunas veces ha intentado ofrecer sus servicios a través del facebook, creando diversas cuentas, tal como le aconsejaron algunos colegas que también se dedican al oficio de la prostitución.

“La verdad es más complicado hacerlo de esa forma, porque por esa vía se tarda más buscando clientes. En cambio el periódico y las tarjetas son más efectivos”.

Manuel confiesa que su servicio es tanto para mujeres como para varones, “aunque soy gay, si una mujer pide que la atienda lo hago, porque de eso vivo”.

El costo de su servicio es 100 bolivianos la hora, aunque dice que a veces cobra un poco más. “Todo depende, porque si hay bastante requerimiento hay que subir la tarifa”, dice y sonríe.

Cuenta que en su rubro hay quienes llegan a cobrar hasta 300 bolivianos o más, “todo depende de conocer a las personas e ir a lugares donde hay demanda”.

Haciendo cálculos, Manuel manifiesta que al mes llega a reunir entre 4 mil y 5 mil bolivianos. Sin embargo, hay meses que logra ganar más.

¿De qué depende? “Todo de que te muevas y busques más clientes, el que te promociones solo por el periódico no es suficiente, hay que ponerse en campaña para sumar algo más”.

INICIOS

Ser trabajador sexual no fue fácil, dice el joven e indica que ingresó al mundo de la prostitución poco después de que abandonara su tierra y llegara a Cochabamba con la ayuda de un amigo, que también se dedica al mismo oficio.

“Los gay somos marginados, despreciados porque la sociedad todavía es cerrada y no comprende que somos como cualquier otra persona común. Nosotros también amamos, lloramos, sentimos”.

Mientras recuerda cómo llegó a la Llajta, los ojos de Manuel se enrojecen.

“Soy una persona más, si me dedico al trabajo sexual es porque fue lo único que encontré, pero además hallé amigos que me quieren y comprenden lo que soy”.

Manuel espera que pronto, todos quienes se dedican a este oficio puedan organizarse para protegerse frente algunos abusos de los que dicen ser víctimas.

“Hay organizaciones que nos apoyan, pero los que prestamos servicios sexuales no tenemos un ente como las mujeres lo han hecho hace muchos años. Ellas son más organizadas que nosotros”.

“Me dedico a esto porque se hace dinero más rápido...”

Peppa, así le dicen sus amigos a Roberto, nombre ficticio, quien salió del clóset a sus 18 años y desde hace dos se dedica al trabajo sexual. Es estudiante de Derecho y sirve, principalmente a gays.

Su padre es militar y su mamá profesora. Fue criado en un ambiente familiar estricto y machista. Cuando asumió su sexualidad cuenta que no lo tomaron bien. Desde chico sabía de sus inclinaciones porque nunca llevó a ninguna novia a su hogar. Ahora está aplicando para trabajar como Promotor Educador Par (PEP) en el Programa ITS-VIH SIDA del Ministerio de Salud. Quiere orientar a otros jóvenes que están siendo atrapados por la prostitución masculina.

P. ¿De dónde eres y dónde vives actualmente?

R. Soy de Cochabamba, pero mucho tiempo me fui a vivir a Santa Cruz. Actualmente vivo solo, en un cuarto. Antes vivía con mis padres. También estudio Derecho en la Universidad Mayor de San Simón (UMSS). Estoy en cuarto año.

P. ¿Por qué te dedicas a la prostitución?

R. He recurrido a este trabajo porque se consigue dinero más rápido. No es fácil…pero…

P. ¿Vives de esto?

R. Sí.

P. ¿Cuánto ganas al día?

R. A veces hago una pieza, a veces dos o tres. La pieza cobro entre 70 y 100 bolivianos. Solo trabajo jueves, viernes, sábado y domingo. Los demás días los dedico a mis estudios.

P. ¿Desde cuándo haces esto?

R. Hace un par de años. Ahorita tengo 24 años.

P. ¿Cómo te iniciaste?

R. Cuando tenía trabajo nos pagaban mensualmente y uno tiene necesidades urgentes. No sabía qué hacer, hasta que un amigo me dijo por qué no colocas anuncios en el periódico, puede ser que te funcione. De ese modo pongo mi publicidad en el diario, grupos de WhatsApp y redes sociales. También agarro clientes por esa vía.

P. ¿De dónde sale más negocio?

R. Del periódico.

P. ¿Cuánto inviertes?

R. Gasto 12 bolivianos por anuncio.

P. ¿Tienes competencia?

R. Hartísima.

P. ¿Por qué?

R. Porque mucha gente se empezó a dedicar a esto. Es una forma de generar dinero rápido.

P. ¿Cuánto generas al mes?

R. Reúno entre 2.000 y 2.500 bolivianos.

P. ¿Te alcanza para vivir?

R. Más o menos me da.



P. ¿Tienes también tu pareja?

R. Sí.

P. ¿Vives con él?

R. No, de momento. Recién comencé mi relación, nos estamos conociendo.

P. ¿También es estudiante?

R. Mi pareja trabaja en un residencial, es casi como socio.

P. ¿Conoces dónde se reúnen para ejercer prostitución?

R. Hay gente que se reúne en la plaza San Sebastián a partir de las 10 de la noche. Hay chicos que trabajan ahí. En la esquinita o hacen parar taxi. Ahí solo es para gays. Los clientes hombres, a veces, son muy discretos, meticulosos o reservados. Algunos son casados y tienen familia.

P. ¿La zona no es peligrosa? porque por ahí andan inhaladores de clefa.

R. Nos conocen. Además los que trabajan por ese lugar tienen que arriesgarse.

P. ¿Qué tipo de clientes tienes tú?

R. Mayormente son personas discretas. Son casados, tienen familia o novia.

P. ¿Cómo te enteras de eso?

R. Ellos me cuentan. Me charlan.

P. Si tienen familia o novia ¿por qué crees que te buscan?

R. Porque no han salido del clóset y no se aceptan como son. O les gusta el morbo y el fetichismo. Algunos dicen “a mí me gusta acostarme con hombres porque es otra clase. No me gustan los hombres, solo me acuesto para penetrarlos”.

P. En el caso tuyo ¿eres pasivo, activo o versátil?

R. Depende de lo que el cliente te pida. Hago las dos cosas.

P. ¿A quiénes atiendes más?

R. Activos. Gente varonil. De 25 a 30 años. También tengo taxistas que siempre me llaman.

P. ¿Tienes controles en el CDVIR-SEDES?

R. No. No tengo carnet de sanidad. Para los hombres no hay prostíbulos masculinos. En Santa Cruz sí. El comercio que yo me dedico es un comercio sexual gay. Pero también hay chicos con mujeres mayores y todo eso.

P. ¿Has tenido algún problema en el oficio que realizas?

R. Algunos son algo violentos. Otros no quieren pagar lo que les pides. Ha pasado eso y por ello procuro cobrar por adelantado. Y sin condón no lo hago.

P. ¿Han pensado en organizarse como en La Paz?

R. Lo que pasa es que estamos desunidos aquí. Cada uno jala por su lado. Sin embargo, hemos pensado formar una asociación de trabajadores sexuales.

P. ¿Cuántos hay en Cochabamba?

R. Unos 50. Son los que anuncian en el periódico.



P. Tu pareja ¿sabe que trabajas?

R. No.

P. ¿Le dirás o cuándo lo harás?

R. No creo. Hago este trabajo para terminar mi profesión.

P. ¿Y tu familia sabe lo que haces?

R. No. Saben que soy gay, pero no saben que me dedico a la prostitución.

P. ¿Dónde están tus familiares?

R. En Cochabamba.

P. ¿Te encuentras alguna vez con ellos?

R. Me veo cada fin de semana.

P. ¿Piensas avisar a tu familia a lo que te dedicas?

R. No. Les ha costado hartísimo aceptarme como homosexual. Sería más complicado que acepten eso más.




No hay comentarios:

Publicar un comentario