domingo, 28 de abril de 2013

La religiosa franciscana Ángela Flatz es en San Ignacio de Velasco un ícono del servicio solidario para los enfermos.

Ella nació el 27 de abril de 1933 en Hörbranz (Austria). El 26 de julio de 1956 llegó a San Ignacio de Velasco. Lo recuerda bien porque en esa fecha se conmemora la festividad de Santa Ana. En la capital velasquina, por entonces en un aislamiento casi total por la falta de caminos y cuyo contacto con Santa Cruz era por vía aérea, la estaban esperando las hermanas franciscanas y un grupo de postulantes a la congregación bajo la dirección de las madres Hiltrude y Seráfica.

El recibimiento combinó con el clima: fue caluroso.

Ese día prometió quedarse para siempre en San Ignacio. No quería saber más de volar en avión.

El inicio

“Ingresé a la congregación de las Hermanas Franciscanas de Hallein. Mi papá se oponía, pero mi mamá me apoyó”, cuenta. Ahí realizó su noviciado y estudió enfermería, profesión que fue el sello que marcó su vocación de religiosa y también su existencia.

El deseo de ponerse al servicio de los pobres en estas tierras se le despertó mirando revistas sobre los trabajos en las misiones en favor de los niños desnutridos.

El milagro del cumplimiento de ese anhelo ocurrió luego. Desde San Ignacio, el padre Pío Wallthaller le hizo llegar una invitación para trabajar en esta misión. Luego obtuvo la anuencia de su congregación. Viajó en barco desde Hamburgo hasta Arica en una travesía que duró 26 días. Desde allí siguió en tren hasta Cochabamba, donde la esperaba la madre Consolata. A Santa Cruz llegó en avión. La recibió el padre Ansgar en el hospicio San Francisco y la envió a las Hermanas Pontificias, quienes la embarcaron en un vuelo de Panagra hasta San Ignacio. Ella no sabía una sola palabra de castellano.

Dedicación total
La primera tarea en San Ignacio fue aprender el idioma. Luego limpiar y acondicionar lo que sería su lugar de trabajo: la posta de salud que fue instalada en la periferia del pueblo. Intercalaba su labor con otras horas de servicio en el único centro de salud que hasta entonces existía en el pueblo y que funcionaba en lo que hoy es el Club Social.

Le preocupaba que todos los días hubiera dobles de las campanas de la torre por la muerte de niños. La mortalidad infantil era mayor en las comunidades por falta de condiciones. “Algo hay que hacer por ello”, dijo y prometió buscar cómo proceder.

Consiguió prestado un caballo en el que se trasladaba a Los Gomales, la frontera con Brasil, y a otras comunidades que precisaban auxilio de salud. Sus familiares le enviaron desde Austria una bicicleta. En ella iba a Santa Ana, San Rafael y San Miguel, llevando vacunas para inmunizar a los pequeños.

Anécdota
Un atardecer que regresaba de San Miguel tuvo que soportar una tormenta en el trayecto que solía recorrer en bicicleta.

Para resguardarse quiso hacer pascana en la comunidad Pasiviquí, pero salió huyendo corrida por un perro, y perdió su velo. Al día siguiente llegó un señor al convento. Traía el velo perdido.

Obra
Diez años después, con apoyo de monseñor Rosenhammer, construyó el hospital Santa Isabel y contrató médicos de Tarija, Sucre y La Paz. Esto permitió mejorar la salud en Velasco. Ahí dedicó su existencia hasta hoy




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