domingo, 5 de febrero de 2012

La cronista de la Bolivia del Siglo XX, un País íntimo

No se puede olvidar que en Latinoamérica, para bien y para mal, el periodismo ha jugado y juega un rol fundamental en la construcción de identidades y corrientes de pensamiento.

Desde los ilustrados latinoamericanos del siglo XVII hasta los movimientos sociales e indígenas actuales, el género periodístico ha sido una herramienta poderosa e irremplazable para los proyectos políticos y sociales. Basta pensar en gente como Leopoldo Zea, José Carlos Mariátegui, Enrique Dussel, René Zabaleta Mercado, Clarice Lispector, Osvaldo Soriano, Juan Carlos Onetti, Rodolfo Walsh o en ese gigante llamado Franz Tamayo, para confirmar la importancia que tiene un texto publicado en las páginas de un diario, una columna de opinión o un artículo aparentemente inofensivo. No podemos pensar en nuestra historia sin el llamado Cuarto poder.
FIGURA DEL PERIODISMO

Una de las indiscutibles figuras históricas del periodismo en Bolivia es Ana María Romero, su hoja de vida está marcada a fuego por el oficio que amó, defendió, criticó y practicó, con lucidez, responsabilidad y consecuencia. Ya Carlos Mesa Gisbert describió ampliamente el trabajo de Anamar cuando era directora del diario “Presencia” (página 3 y 4 de este informe).

En palabras de María Soledad Quiroga: “Creo que desde el periodismo, desde su labor como directora de Presencia y en otros espacios, hizo una tarea y una contribución que fue muy significativa para la construcción democrática en Bolivia, después de la época de las dictaduras.

Su trabajo fue reconocido como un periodismo de calidad. No solamente militante de los derechos humanos, del apego a la defensa de la democracia, de los intereses populares, era un periodismo de calidad. Eso es algo que hay que destacar y reconocer”.

En “Presencia”, Ana María hizo historia. Pero cuando llegó verdaderamente al corazón de los lectores, cuando entró en nuestras casas y se convirtió en un elemento irremplazable, fue cuando se desempeñó como columnista. Dejó de ser una mera personalidad, dejó de ser Ana María Romero, para convertirse en, la más próxima y familiar, AnaMar.



ENTRETECLAS

En 2002, Plural editores, publicó una selección de algunos de los textos que salieron entre mayo de 1996 y marzo de 1998 en la columna “Entreteclas” del diario La Razón, los mismos que Romero firmó con el seudónimo que la identifica hasta ahora.

Titulado País íntimo el volumen es una suerte de antología de autor que nos permite conocer mejor la obra de Romero. Ante todo es un valioso testimonio de una época de gran relevancia para Bolivia, es una herramienta interesante para entender el panorama político de fines de los años 90. En el texto apunta: “Amo al periodismo por haberme permitido ser testigo privilegiada de la historia y darme la posibilidad de acompañar el camino de un pueblo que, pese a enfrentar todo tipo de vicisitudes, va construyéndose un mejor destino. Mas debo confesar que nunca esperé que esa posibilidad de servir, de conocer y de amar –que considero un regalo de Dios- pudiera constituir un mérito” (p. 72)*.

País íntimo es la confirmación de que Anamar tenía una verdadera vocación, escribió: “¡La sala de redacción de un diario! ¿Hay acaso algún lugar que se le iguale en tensión y suspenso? No lo creo. No hay nada comparable al momento en que nace la noticia. Aquél en el que varios periodistas teclean al unísono su cuota de historia de la jornada. Esa que al día siguiente será una novedad y al otro día dejará de serlo.

La compenetración entre un periodista y su teclado es total, éste es una extensión de su cerebro. El periodista acaricia a las teclas, las apura, les da un pequeño respiro, escribe, piensa; piensa escribe. Ambos elaboran ese bien intangible que miles de personas tendrán, horas después, en sus manos. Que lo leerán con avidez o quizás lo ignoren, que podrá ser recortado e incluso fotocopiado. Lo que importa es dejar constancia de que ocurrió y poder hacerlo rápido” (p.10).



DEL LADO DEL PUEBLO

No es hacerle justicia a la obra de Romero sobredimensionarla. No es un tratado filosófico, ni una joya de la literatura de no-ficción, pero es íntima, desenfadada, inteligente, oportuna, consecuente y, lo más importante, siempre está del lado del pueblo. Lo que hace pensar que ese rótulo de “Defensora” se lo había ganado sin necesidad de tener un cargo.

País íntimo está compuesto por cerca de 80 textos breves, ordenados en seis secciones (“Sociedad”, “Semblanzas”, “Economía y política”, “Fin de siglo”, “Cultura y Ecología” y “El mar nuestro”). Varios de ellos están muy relacionados con la coyuntura en la que fueron escritos, sirven como una especie de cápsula de tiempo. Pero los textos que tienen más relevancia e interés son los que no tienen fecha de expiración, que tratan temas que siguen siendo actuales, como la migración, el desarrollo del oriente boliviano, la pobreza, el tema de la coca, la corrupción, la explotación y las injusticias.

Carlos Mesa nos dice: “Creo que la política siempre fue un elemento de interés para ella, el análisis y el seguimiento de temas de actualidad”. Eso se deja ver. A lo largo del libro, Romero reflexiona sobre cuestiones que fueron importantes en su vida.

Su visión del mundo está forjada por su trabajo en Presencia, en la radio Fides y en las agencias de noticias DPA, UPI, nos guía a través de variados tema y ensaya lecturas de personajes como Carlos Palenque o Gualberto Villarroel. También da paso a la emotividad cuando recuerda, en sentidas semblanzas, a Marcelo Quiroga Santa Cruz o al Dr. Huáscar Cajías.
DECEPCION

Si hay un tema que es una constante, es el de Gonzalo Sánchez de Lozada y su primer mandato. Como documento histórico, es muy interesante leer cómo una mujer culta y lúcida, que en un principio consideró a Goni un gran demócrata, comenzó a decepcionarse y a descubrir la degradación de su partido, su insalvable corrupción.

Preocupada por el rol de la mujer, la igualdad, el futuro del país. Escribiendo desde su inamovible posición ética, desde su catolicismo férreo, desde lo que consideraba más justo.

En la mencionada semblanza escrita sobre Marcelo Quiroga Santa Cruz, Anamar se pregunta: “¿Qué haría ahora?”.

Vale la pena preguntarse lo mismo sobre ella. ¿Qué haría ahora Anamar? Quizás ya habría renunciado al Senado o tal vez estaría feliz de haber logrado algunos consensos. Lo cierto es que, de diferentes formas, seguiría escribiendo:

“Ocúpense de los excluidos si quieren una sociedad con menos violencia. ¡No hay tiempo que perder, señores políticos!” (p. 32).

La buena forma de Michelle Obama

Michelle Obama ha estado de gira por California para promocionar su programa de salud. En su visita, acudió al programa de televisión de Ellen DeGeneres y cuando esta le retó a un concurso de flexiones, la esposa del presidente de Estados Unidos, no dudo en tirarse al suelo y demostrar que practica lo que predica.

La hora de los ejercicios. El desafío comenzó cuando Ellen DeGeneres le preguntó a Michelle: "¿Cuántas flexiones puedes hacer? Porque me gusta hacer un concurso de flexiones”, dijo la presentadora. La primera dama estadounidense no se lo pensó dos veces y desprendiéndose de su cazadora aceptó la competición. Michelle y Ellen comenzaron a hacer flexiones en el suelo del plató, cuando de pronto la presentadora abatida se rindió, dando como vencedora a la primera dama que logró realizar 25 flexiones. "Pensé que no sería bueno mostrar la derrota de la primera dama, así que dejé" bromeó Ellen DeGeneres mientras recuperaba la respiración.

El programa de salud de Michelle. La primera dama de Estados Unidos apoya un programa de salud e invita a los niños al programa Lets Move, que lucha contra la obesidad, en eso consiste su programa de salud, para todas las personas que quieren bajar de peso.

Secretos de los obama. Durante el show, Michelle Obama también reveló algunos secretos de alcoba con respecto a su marido Barack, tales como su gran pasión por la música, como hemos mencionado anteriormente, así como su gran defecto de no recoger los calcetines. "Él se cree que es ordenado, pero tiene gente que le ayuda. Y por eso yo le digo la gente ordenada es esa que te recoge los calcetines” relataba entre risas Michelle. Tras esta entrevista Michelle continuó su saludable gira, luchando así contra la obesidad infantil en Estados Unidos.

La Defensora que temieron los políticos

Un trabajo ampliamente destacado en la creación y dirección del Defensor del Pueblo, una intachable conducta ética, el clamor popular para su continuidad. Ningún argumento fue suficiente para que la coalición política que encabezó el presidente Gonzalo Sánchez de Lozada reeligiera en 2003 a Ana María Romero de Campero en su cargo. Y es que los méritos de la funcionaria eran vistos como una temible amenaza para los partidos encumbrados en el poder.

“La nueva postulación de Romero -afirma el expresidente de la Asamblea de Derechos Humanos Waldo Albarracín- fue boicoteada por Goni, fundamentalmente porque, si bien a ella en su primera gestión la eligieron los partidos tradicionales y conservadores del parlamento, éstos pensaban que su trabajo como Defensora iba a ser tibio y no un problema para el gobierno. Pero fue al revés, porque ella cumplió a cabalidad su mandato de defender al pueblo, y estaba permanentemente en choque con las autoridades gubernamentales de Banzer y luego del MNR”.

En rigor, no se puede aseverar que la Defensoría del Pueblo es una instancia exenta de la política ni que su primera titular era virgen en este ámbito. En 1979, Romero ingresó en ese mundo como ministra de Informaciones del presidente Walter Guevara, saliendo sin embargo airosa del imprevisible ámbito, en el que vivió la traición y resistió un golpe de Estado.

“Yo era dirigente del MIR, -recuerda el político Juan del Granado- y vimos con mucha preocupación del golpe de Natusch Busch contra Walter Guevara, pero ahí destacó la figura de una ministra joven, muy linda y por supuesto muy inteligente, que era la articuladora de un gabinete en resistencia durante muchos días, y un motor esencial para la derrota del golpe”. La socióloga María

Soledad Quiroga acota: “El golpe fue muy terrible por la masacre que implicó (llamada la ‘Masacre de Todos Santos’) y, por supuesto, todas las personas que estaban en contra corrían riesgos; pero eso muestra también el valor de Ana María. Ella tuvo una actitud consecuente y necesaria. Fue capaz de defender el proceso” (para detalles, Romero expuso su experiencia en el libro Ni todos ni tan santos, que es reseñado en la página 10).

Se podría pensar que una notable funcionaria, con además tan honorable pasado en la política y el periodismo, tendría allanado el camino para su reelección en la Defensoría (cargo en el que fue reconocida con numerosas distinciones nacionales e internacionales, entre ellas la postulación al Premio Nobel de la Paz, como parte de las “1.000 mujeres de paz en el mundo”). No fue así. Los cálculos políticos que siguieron los congresistas determinaron su alejamiento de la entidad.

La exfuncionaria del Defensor Ana Benavides indica que, durante los días de votación de los parlamentarios, Romero se encontraba visitando a su familia en Estados Unidos y decidió retirar su postulación. “Un día de octubre de 2003 estábamos con una amiga nuestra -Gloria Tapia- en el hemiciclo. Era de amanecida y los parlamentarios decidieron ir a una segunda vuelta en la votación. Ella entonces envió su carta; sabía que estaban mano-seando su nombre y no se iba a prestar a ese juego. No pasó que no fue elegida, sino que retiró su postulación enviando una carta al entonces vicepresidente Carlos Mesa”. Justamente Mesa fue el solitario defensor de la Defensora al interior del gobierno. El también historiador había expresado meses atrás, de modo privado y público, su apoyo a la reelección. Vale la pena conocer en extenso su versión: “Sánchez de Lozada tenía una idea que se probó irónicamente correcta, pero su acción fue absolutamente contraría de la que debió ser (...). Fueron varias reuniones, por lo menos media docena, hubo dos muy importantes al final, pero la primera fase fue muy compleja, habían líneas diversas, tensiones en una dirección y otra.

Había momentos en que Oscar Eid (MIR) o Carlos Sánchez Berzaín (MNR) expresaban su apoyo a que la reelijan por razones políticas y prácticas; en otra reunión de pronto cambiaban de opinión y decían que no había que reelegirla porque era un peligro (...).

La pregunta era si era más conveniente que ella estuviera dentro o fuera del cargo. El presidente no expresaba opinión (...). En las últimas reuniones expresó su desacuerdo con que la Defensora del Pueblo fuera reelegida. (...) Yo tuve una reunión con él, pocos días antes de la decisión que iba tomar el Congreso. Le expresé que me parecía que había que plantear la reelección por varias razones: por razones éticas y por el nivel extraordinario de desempeño que ella había tenido a lo largo de su gestión, y por razones prácticas, porque era una persona que fuera de la Defensoría iba mostrar un gobierno que estaba sesgando opinión y que estaba manipulando el voto cuando la opinión pública mayoritaria estaba a favor de la elección de Ana María. No reelegirla era dar un pésima señal al país, en un momento en que el país la necesitaba y el gobierno estaba en una debilidad muy grande. Ahí el presidente no dijo nada, dijo que iba considerar mi opinión. Antes de una reunión final, hice un lobby muy importante, muy intenso para la reelección; lo hice con Jaime Paz Zamora (MIR), a quien llamé por teléfono. Él me dijo que de ninguna manera, que Ana

María representaba la antipolítica, que simbolizaba un núcleo de la sociedad que estaba en contra de los partidos políticos y que su objetivo era la destrucción de los partidos; que él no podía respaldar a alguien que era enemigo de la esencia del contexto de construcción democrática (...). Hablé con Manfred Reyes Villa, quien me pidió un par de horas (...). Él me dijo: ‘Mira, yo tengo algo personal con Ana María Campero porque ha sido muy dura con mi padre”, quien fue parte del golpe de Estado de García Meza, ‘pero a pesar de eso, entiendo que políticamente es conveniente y sería una imprudencia no elegirla (...)’. Y luego hice una reunión con el núcleo que controlaba en el MNR el Congreso (...). Después de una larga discusión, llegamos a un acuerdo positivo de parte de ellos (...). En ese contexto el presidente convocó a una reunión de la bancada del MNR de diputados y senadores en Palacio. Yo hablé con él y le dije que me gustaría asistir a la reunión como vicepresidente y como presidente del Congreso. Él me dijo que no, que no tenía sentido porque era reunión del partido y yo no era militante del MNR (...). Cuando hablé con ellos (con los parlamentarios) me dijeron que el presidente había volcado el voto y convencido a todos. El presidente les dijo -me contaron- que estaba absolutamente de acuerdo con sus criterios y por el último precisamente (desestabilización) él iba pedir que voten por el no, porque él consideraba que Ana María era un factor de desestabilización, y que desde la Defensoría podía desestabilizar al gobierno, y por eso no le convenía su reelección. Lo cual se demostró exactamente al revés”.

Presidenta de Petrobras

La presidenta brasileña, Dilma Rousseff, designó al frente de Petrobras, la mayor empresa del país, a una mujer criada en una favela, quien tuvo que trabajar como cartonera durante su niñez y juventud. Se trata de María das Graças Silva Foster, ingeniera química de 58 años, considera- da por muchos como un “clon” de la primera mandataria de Brasil, por su tenacidad y temperamento.

Graças recibirá una compañía que factura aproximadamente 138 mil millones de dólares por año. Lo cual no impide que su objetivo sea aumentar aún más la producción de petróleo, según las primeras indicaciones de Rousseff.

Hasta ahora, quien tuvo a cargo durante seis años la administración de la gigante brasileña fue José Sergio Gabrielli, un dirigente del Partido de los Trabajadores (PT) en el Estado de Bahía, apoyado por Lula da Silva. Según trascendió, Dilma prefería para el puesto a alguien surgido de la militancia más cercana a ella y con estilo gerencial más semejante al suyo.

María das Graças Silva, la primera mujer en liderar Petrobras, se ganó la confianza de la Presidenta desde los inicios de la campaña electoral y más aún, al seguir de cerca su carrera profesional dentro de la petrolera, en donde ingresó a la edad de 24 años como “estudiante en práctica” tras formarse en la Universidad Federal Fluminense.

Las historias de vida tanto de Dilma como de María, nacida el 26 de agosto de 1953 en Minas Gerais, se asemejan en cuanto a su lucha diaria por sobrevivir cada una en un escenario diferente: la Presidenta militaba contra la dictadura, en ocasiones desde la clandestinidad, mientras que la elegida titular de Petrobras vivió desde los dos años en la favela Alemão. Hija de una empleada doméstica y un vendedor, Graças debió trabajar durante parte su infancia y juventud como cartonera para ayudar con la economía familiar. Una vez alejada de su entorno inicial, se casó en tres oportunidades. Actualmente, tiene una hija médica y un hijo, estudiante de periodismo y exjugador de básket, que tiene tatuado el nombre de su madre en su brazo.

Según consignó el diario brasileño Folha do Sao Pablo, Graças se autodefine como “carioca de corazón”, le encanta el Carnaval y es una fanática declarada de Los Beatles. En más de una ocasión tuvo que defender su perfil: “Sé que las personas no se alegran de tenerme como jefa. Soy muy difícil de tratar, lo reconozco, pero también sé abrazar y besar a quienes trabajan bien”, explicó a la revista Examen.

Los medios de Brasil califican a la dupla femenina en el poder como “creador y criatura”. El carácter de la nacida en la favela, hizo que la presidenta Rousseff la quisiera como una de las caras de su gabinete –pretendía nombrarla al frente del Ministerio de la Casa Civil–, aunque por pedido expreso de Lula, debió congelar sus intenciones hasta pasado el primer año de su mandato.

Tan rigurosa y exigente como Dilma, María das Graças está obsesionada con los plazos y objetivos. Es usual encontrarla inspeccionando personalmente las obras por ella encargadas, incluso durante los fines de semana. Como consecuencia del alto nivel profesional, el Financial Times la eligió en 2010 como una de los cincuenta ejecutivos más influyentes del mundo.

Tal vez la única mancha sea que su marido, el multiempresario Colin Vaughan Foster, haya sido acusado de haber realizado negocios no del todo claros con el Gobierno: firmó 42 compras de las cuales 20 habrían sido sin licitación.

sábado, 4 de febrero de 2012

Mujer de Cuba festeja sus 127 años

La persona más longeva que vive en Cuba, Juana Bautista de la Candelaria Rodríguez, dijo que está "bien" de salud y "alegre" por celebrar hoy su 127 cumpleaños, reportaron medios locales.

"Candulia", como la llaman sus familiares y vecinos, se mostró "contenta, orgullosa de su descendencia y agradecida" por el trato cariñoso que recibe en Santa Rosa, el barrio rural de la provincia oriental Granma donde vive, según la estatal Agencia de Información Nacional (AIN).

La anciana isleña comentó que en los últimos tiempos la han visitado mexicanos, españoles, franceses, japoneses y dominicanos, algo que ella nunca imaginó que le sucedería.

Juana Bautista nació el 2 de febrero de 1885, según consta en el tomo I, folio 35, del registro civil del municipio Campechuela (situado a unos 800 kilómetros de La Habana), en el que siempre ha vivido.

Miembro de una familia de trece hermanos, "Candulia" sobrevivió a su marido, con quien tuvo tres hijos, y sus descendientes suman seis nietos, quince bisnietos y siete tataranietos.

Ella y su familia atribuyen su extraordinaria longevidad al trabajo, la comida con predominio de viandas como la yuca y el boniato y a que nunca bebió ron o fumó, aunque no se ha cohibido del café.

Actualmente se queja por no poder mantenerse en pie y que la falta de visión le impide ver la televisión.

jueves, 2 de febrero de 2012

Mujeres indígenas definen hoy si aceptan invitación de las cívicas

El directorio de la Confederación Nacional de Mujeres Indígenas de Bolivia (Cnamib) definirá hoy si aceptan la invitación que recibió la dirigente guaraní Justa Cabrera para que asesore al Comité Cívico Femenino.
Según la presidenta de la Cnamib, Justa Cabrera, en esa reunión se evaluará si es conveniente aceptar la invitación de las damas cívicas para que se haga cargo de la Asesoría de Pueblos Indígenas, a partir de la gestión que liderará la líder cívica Mari Olivia Vincenti, que fue elegida a comienzos de semana.
La posesión de la nueva dirigencia será el 13 de febrero, en ese acto, el directorio saliente presentará su informe de gestión, informaron las damas cívicas.
“No puedo dar una respuesta a título personal, respondo a la estructura de una organización, por eso evaluaremos para ver qué es lo mejor para los indígenas”, dijo la dirigente guaraní, que calificó de positiva la apertura de las damas para dar espacios a los pueblos indígenas.
Cabrera participó en la primera precarnavalera que se celebró hace dos semanas.

miércoles, 1 de febrero de 2012

La prisión de Michelle Obama

En privado, Michelle Obama echaba chispas, estaba furiosa no sólo con el equipo del Presidente, también con su marido. Después de que los demócratas perdieran el escaño de Edward Kennedy en el Senado, en enero de 2010, Barack Obama seguía tan comedido como siempre en las reuniones, negándose a profundizar mucho en el fracaso o a arremeter contra su equipo. Pero, la Primera Dama no alcanzaba a comprender cómo la Casa Blanca había permitido que se le escapara ese escaño, necesario para que se aprobara la reforma sanitaria y el resto del programa del presidente.

Para ella, esa pérdida era una prueba más de lo que llevaba tiempo denunciando: que los asesores de Obama eran poco estrategas y demasiado estrechos de miras. Le ilusionaba que su marido se convirtiera en una figura transformadora, y por culpa, entre otras cosas, de los problemas de su Gobierno para alcanzar pactos en materia sanitaria, muchos votantes estaban empezando a percibirle como un político del montón.

El entonces jefe de gabinete, Rahm Emanuel, estaba indignado con esas críticas y las comentó con algunos colaboradores, aseguran tres de sus compañeros. En una entrevista, Emanuel negó estar disgustado con ella, pero asesores describen una situación sombría distinta: un Presidente cuyo programa se había ido al garete, una Primera Dama que no aprobaba el giro dado por la Casa Blanca y un jefe de gabinete picado por la influencia de la que ella gozaba.

Una motivadora con encanto

Michelle es hoy una experta motivadora que sabe cómo sacar partido de su encanto, paladín de causas que no hallan oposición (como las familias de los militares y poner fin a la obesidad infantil), un actor político cada vez más astuto con ganas de volcar su popularidad en la campaña por la reelección de su esposo. Pero más de 30 entrevistas con asesores, antiguos y actuales, y amigos íntimos de la pareja presidencial realizadas para el libro Los Obama, muestran que no se ha reconocido la fuerza y el rol que ha desempeñado en el Gobierno de su marido, y que su historia inició como una lucha y luego siguió con un cambio de rumbo que la llevó a una mayor satisfacción.

A ella, que planteó retrasar su traslado a la Casa Blanca meses después de la investidura (enero de 2009), le exasperó comprobar las limitaciones y obligaciones de su nueva residencia, no ser capaz de sacar a pasear a su perro sin arriesgarse a las fotos, y que los ayudantes de Obama controlaran todo lo que hacía: su forma de decorar la residencia privada de la familia o que se llevara a maquilladores a los viajes al extranjero.

Poco familiarizada con los hábitos de Washington, pero entusiasmada con la labor para la que su marido había sido elegido, se veía a sí misma como la defensora de sus valores. A veces era más dura con el equipo de Barack que él mismo, hasta el punto de que en un momento llegó a apremiarle para que lo sustituyera. La situación se tensó hasta tal extremo que uno de los principales asesores explotó en una reunión de 2010 e insultó a la Primera Dama en su ausencia.

“Le protege mucho”, dijo en una entrevista David Axelrod, uno de los principales estrategas del Presidente y director de su campaña. “Cuando piensa que las cosas se han llevado mal o que van por mal camino”, añadió, “lo saca a colación, porque ha apostado muy fuerte por él y sabe lo duro que trabaja, y quiere asegurarse de que todo el mundo hace su trabajo como es debido”.

Las dificultades de Michelle evidencian algunos desafíos esenciales del Presidente, entre ellos la manera en que la falta de experiencia de los Obama en la vida política, uno de sus atractivos en 2008, se convirtió en un lastre al llegar al poder. Sus preocupaciones sobre los empleados de su marido dan pistas sobre el perfil de Obama como jefe del Ejecutivo. Un presidente con poca experiencia en dirección que se aferra a su círculo íntimo, que está menos unido de lo que parecía. Michelle compartía con él los mismos sentimientos encontrados respecto a cómo el peloteo y el chismorreo ayudan a conseguir cosas en Washington.

Como a muchos de los partidarios de Barack, a ella le inquietaba el abismo que había entre la visión que se tenía de la presidencia de su esposo y lo que en realidad podía hacer. Las tensiones que mantenía con los asesores eran fruto de ese debate: ¿qué clase de presidente debía ser Obama? La primera dama ejercía de apoyo en las iniciativas ambiciosas pero poco populares (como la reforma sanitaria y las leyes de inmigración), a la vez que se atribuía el papel de contrapunto de otros asesores, más empeñados en conservar escaños en el Congreso y la popularidad en las encuestas.

“Ella piensa que hay cosas peores que perder unas elecciones”, dijo Susan S. Sher, su exjefa de gabinete, tras las elecciones legislativas de 2010, a la mitad del mandato. “Para ella, ser coherente con uno mismo es definitivamente más importante”. En esa época, Michelle habló en algunas ocasiones sobre qué pasaría si su marido perdiera en 2012. “Sé que estaremos bien”, le dijo a Sher.

Cuando cayó en la cuenta, en el verano y otoño de 2008, de las altas posibilidades de ser Primera Dama, preguntó algo que sorprendería a los que no la conocen: ¿podían ella y sus hijas retrasar su traslado a la Casa Blanca? Quizá fuera mejor, sugirió a sus asesores y amigos, quedarse en Chicago hasta que finalizara el curso escolar y dar más tiempo a las niñas para adaptarse. La idea era reveladora: a Michelle no le importaba qué mensaje transmitiría a la opinión pública. Le inquietaba que su vida fuera el centro de atención, por no hablar de la perspectiva de residir en una casa-monumento-museo-oficina-recinto militar-blanco terrorista. Al final fue a Washington, pero no por las obligaciones del cargo, sino porque “quería que su familia permaneciera unida”, afirma Valery Jarrett, otra asesora.

Pero mientras deslumbraba a los estadounidenses con su simpatía, elegancia y hospitalidad en los primeros tiempos de la presidencia, asesores que trabajaron con ella revelan que se sentía frustrada e insegura respecto a cuál era su lugar en la Casa Blanca. Michelle, una abogada formada en Harvard, había renunciado a su carrera por lo que inicialmente parecía un cargo amorfo. E intentó escabullirse de actos ceremoniales que en su opinión no tenían mucho sentido, como el almuerzo anual para las esposas de los miembros del Congreso que las primeras damas organizan desde 1912.

Procuró limitar su exposición pública y declaró que sólo trabajaría dos días a la semana; dentro de la Casa Blanca, la dificultad de conseguir que Michelle accediera a participar en un acto se convirtió en una broma habitual. La reclusión de la Casa Blanca también fue un impacto para ella; de repente se vio apartada de su antigua vida y sus rituales, y hasta dudaba si debía llevar a sus hijas al colegio o a los partidos de fútbol por miedo a armar un escándalo.

La familia tenía la intención de volver a Chicago con frecuencia, pero su primer intento fue tan complicado que lo hicieron pocas veces. Habían cubierto la fachada de ladrillo de su casa con cortinas negras para disuadir a los francotiradores, y como ya no podían salir a comprar sin más, eran los camareros de la Armada quienes les daban de comer en su domicilio. Al Presidente, Camp David, la residencia vacacional, le parecía artificial y aislada. A la Primera Dama le encantaba. Allí podía deambular libremente sin la intromisión de los fotógrafos.

Ella dudaba sobre qué imagen debían dar los Obama: cómo debían vivir, viajar y recibir a los invitados. Dado que era la primera afroamericana en convertirse en Primera Dama, quería que todo sea impecable y sofisticado; le parecía que “todo el mundo estaba esperando a que una mujer negra cometiera un error”, revela un exayudante.

Tensiones en la Casa Blanca

Pero a los asesores de su marido —sobre todo a Robert Gibbs, secretario de prensa— les preocupaba que la Casa Blanca pudiera parecer ajena a la ira pública respecto al paro, los rescates bancarios y las primas. Lo que generó un tira y afloja constante y nervioso entre las alas Este (que alberga las oficinas de Michelle y la residencia familiar) y Oeste (donde está el Despacho Oval) en torno a las vacaciones, la decoración, el entretenimiento y cuestiones tan insignificantes como si la Casa Blanca debía anunciar o no la contratación de un nuevo florista.

“Todos hemos visto qué pasa cuando se caricaturiza a la gente”, dijo Gibbs en una entrevista en la que explicaba por qué controlaba asuntos así de personales.

Cuando se comete un error como el corte de pelo de 400 dólares de John Edwards (exsenador demócrata) en 2007, “no hay forma de arreglarlo”. Otros asesores afirman que había una razón por la que Gibbs se convirtió en el encargado de garantizar el cumplimiento de las normas de la vida política: porque el Presidente, muy consciente de que su mujer nunca quiso esa vida, no lo hacía.

A pesar de su inexperiencia, la Primera Dama identificó los problemas. Un asesor asegura que desde el principio a ella le preocupaba que la Casa Blanca no presentara a la opinión pública un relato claro y convincente de las acciones del Presidente. También reclamó a sus asesores un papel más central en la transmisión del mensaje de la Administración, y se quejó de que el Ala Oeste no se planteara cómo encajaba ella en el esquema general de su marido.

En concreto, quería ayudar a promover la reforma sanitaria en la primavera de 2009. “Averigüen la forma de usarme de manera eficaz”, solicitó a sus ayudantes.

“Ésta es mi prioridad”. Pero los asesores del Ala Oeste, recordando el resentimiento que causó en la opinión pública la participación de Hillary Clinton (1993-2001) en la reforma sanitaria cuando era primera dama, rechazaron mayoritariamente su oferta.

Emanuel, que había comentado a sus compañeros que sus batallas como miembro del gabinete con Clinton le habían enseñado a mantenerse alejado de las primeras damas, solía esquivar a Michelle. Se trató de restar importancia al asunto, pero la tensa relación entre las alas Este y Oeste acabó volviéndose lo bastante grave como para que el equipo de la primera dama celebrara una jornada de retiro en invierno de 2010 para abordar el problema. La asesora Jarrett hizo de emisaria y trató de suavizar las relaciones. Pero su incompatibilidad de papeles —además de tener su cartera en el Ala Oeste, ejercía de defensora de Michelle y era tan amiga de la pareja presidencial que hasta se iba de vacaciones con ellos— generó sus propias tensiones.

Aquel verano, a cambio de un voto esencial para aprobar una ley sobre energía, Emanuel, sin pedir permiso a la Primera Dama, prometió a Allen Boyd, miembro del Congreso por Florida, que ella participaría en un acto. Muy enfadada, asistió al evento, pero hizo constar su repulsa general negándose a comprometerse a hacer campaña para las elecciones legislativas. Y no dio su brazo a torcer durante casi un año. En lugar de eso, se centró en su propio programa. Según dos de sus ayudantes, a Emanuel le parecía increíble: las elecciones ya se perfilaban como una posible escabechina para los demócratas, y la Casa Blanca iba a afrontarlas sin la popular esposa del Presidente.

Michelle comentó a sus asesores que nunca ha querido ser la clase de primera dama que se entrometía en asuntos del Ala Oeste. A veces se refería al tema diciendo que se trataba del Gobierno de su marido, no del suyo. Le faltaban ganas y experiencia para los pormenores de la política, y tenía presente cómo a otras como ella —léase Nancy Reagan o Clinton— las habían tachado de entrometidas, figuras no elegidas que ejercían un poder que no merecían. Con todo, a medida que el Gobierno tropezaba con un obstáculo tras otro en 2010 —la victoria de Scott Brown en Massachusetts, una reforma sanitaria aprobada por los pelos en el Congreso y que seguía siendo impopular, el vertido de petróleo en el golfo de México y las elecciones legislativas—, Michelle estaba cada vez más preocupada.

Emanuel acabó, meses después, ocupando el despacho de alcalde de Chicago. Algo que ocurrió, en parte, gracias a sus fuertes vínculos con el Presidente. Pese a ello, la relación con él se había vuelto tirante. Emanuel había comentado que pensaba que la reforma sanitaria había sido una mala idea, y cuando sus opiniones empezaron a aparecer en los medios, a principios de 2010, varios compañeros relatan que entró en el Despacho Oval y presentó su dimisión. Obama se negó a aceptarla y, según recuerdan Axelrod y otros, le dijo a Emanuel que su castigo era quedarse y conseguir que se aprobara la reforma sanitaria. Aparte, según sus asesores, aquella primavera Michelle también dejó claro que pensaba que su compañero necesitaba un nuevo equipo.

Cuando el Presidente decidió que tenía que pronunciar un discurso sublime sobre la reforma de las leyes de inmigración en junio de 2010, Emanuel puso objeciones. Los asesores redactaron un discurso que no era del gusto de Obama y éste se pasó gran parte de la noche reescribiéndolo. Finalmente, el discurso tuvo fría acogida. Dos asesores aseguran que él, irritado, pidió entonces a Jarrett que vigilara a otros altos cargos para asegurarse de que hacían lo que él quería.

Asesores del Ala Oeste explicaron que habían oído a través de terceros que Michelle estaba enfadada por el incidente. Más tarde, los mismos expresaron sus dudas: ¿estaba acaso el Presidente usando a su esposa para transmitir lo que él pensaba?

En septiembre de 2010, tras un verano de luchas internas en el Ala Oeste, las cosas explotaron. El día 16, a primera hora, mientras Robert Gibbs escaneaba unos recortes de prensa, una noticia le hizo parar en seco: según un libro publicado en Francia, Michelle le había comentado a Carla Bruni-Sarkozy que vivir en la Casa Blanca era “un infierno”. Era un desastre en potencia, el equivalente del corte de pelo de 400 dólares, temió Gibbs: sucedía semanas antes de las elecciones legislativas y tras unas vacaciones de la Primera Dama en España que le habían atraído acusaciones de despilfarro.

Gibbs pidió a los asesores de Michelle que averiguaran si había dicho algo que se le pareciera siquiera (la respuesta fue no) y luego contraatacó la historia durante horas, haciendo que tradujeran el libro y convenciendo al palacio del Elíseo en París para que emitiera un desmentido. Hacia mediodía, la potencial crisis se había evitado.

Pero en la reunión de personal de Emanuel a las 07.30 del día siguiente, Jarrett anunció, según varios de los presentes, que la primera dama estaba preocupada por la reacción mostrada. Todos los ojos se volvieron hacia Gibbs, que empezó a exaltarse. “No entres en eso, Robert, no lo hagas”, le advirtió Emanuel. “Eso no vale, me he estado matando con esto, ¿a qué viene esto ahora?”, gritó Gibbs, soltando improperios. Interrogó a Jarrett, cuya serenidad pareció irritarle todavía más. Según miembros del personal, el secretario de comunicación acabó insultando a la primera dama —sus compañeros, asombrados, clavaron los ojos en la mesa— y se fue hecho una furia.

Gibbs reconoció su salida de tono, pero dijo que su enfado estaba mal encauzado. Acusó a Jarrett de inventar la queja de la Primera Dama. Después del incidente “dejé de tomarla en serio como asesora del presidente”, explicó; “su punto de vista a la hora de asesorarle era que ella tiene que estar encima y el resto de la Casa Blanca tiene que estar debajo”. Jarrett declinó comentar lo sucedido; dos ayudantes del Ala Este afirman que se expresó mal, y que Michelle no hizo esa crítica. La violenta discusión develó la división en el equipo de Obama y lo complicado del nexo entre la pareja presidencial y el personal de la Casa Blanca.

Por aquel entonces, la trayectoria de Michelle en la Casa Blanca estaba cambiando. Empezaba a dominar y redefinir el papel que le había parecido amorfo. A veces, su trabajo parecía una respuesta, en miniatura, a lo que iba mal en la presidencia. Si la reforma sanitaria de Barack era impopular y corría riesgo de ser revocada, ella se metía de lleno en su campaña sobre la nutrición y el ejercicio, con objetivos finales similares: mejorar la salud y reducir los costes. Si él no conectaba con el público, ella se lo ganaba con discursos vibrantes y empuje. Su popularidad, combinada con la erosión del apoyo a su marido, le dio más influencia. El cambio quedó reflejado en una reunión en el Despacho Oval unas semanas antes de las elecciones legislativas. Se hizo en territorio del Presidente, pero el motivo era tranquilizar a Michelle, que al fin había accedido a hacer campaña. Uno a uno, el equipo político desfiló ante los Obama, exponiendo argumentos, detalles y estadísticas de cómo ella podía ayudar a captar votos. Y los sondeos demostraban que al electorado demócrata le encantaba verlos juntos.

“Una presentación magnífica”, dijo el Presidente con una sonrisa de las de a-mí-nunca-me-tratan-así. Los asesores estaban haciendo ahora las cosas a la manera que le gustaba a su esposa, con planificación y precisión. Pero, Michelle sólo accedió a participar en ocho actos de campaña. “Básicamente accedió a no hacer nada”, sentencia un asesor. Y ahora que su marido se enfrenta a una dura lucha por la reelección, las cosas han cambiado: la Primera Dama comunicó a sus asesores que va a ir por todas.

Todo por la reelección presidencial

Puede que en ocasiones Michelle haya sido una detractora interna, pero también es la defensora más acérrima de su esposo. Aunque sigue evitando entrar en detalles al hablar de política o estrategia, ahora tiene el papel que persiguió, el de amplificar el mensaje del Presidente. Ha hablado junto a él en Fort Bragg, Carolina del Norte, sobre el final de la guerra de Irak, poniendo el foco en su propia iniciativa de contratar excombatientes para defender las leyes laborales atascadas de su marido, y hasta ha compartido su discurso semanal por radio.

Cuanto más empeoraban las cosas para el Presidente en 2011, más a su lado estaba ella. En agosto, después de que las negociaciones sobre el techo de la deuda en Washington alcanzaran su dolorosa conclusión, dio una fiesta para celebrar el 50º cumpleaños de Barack. Pidió a los invitados que no se marcharan pronto y pronunció un brindis enaltecedor. Cuando empezó a oscurecer, los 150 invitados estaban sentados en el césped sur escuchándola relatar su percepción de Barack Obama: un líder incansable y honrado que se ha sobrepuesto a los juegos de Washington, que ha matado al terrorista más buscado del mundo y que aun así se las ingenia para entrenar al equipo de baloncesto de su hija Sasha. Él, que parecía azorado, intentó interrumpirla, pero ella le instó a que se sentara y escuchara.

También le dio las gracias por haber aguantado lo dura que había sido con él. Al llegar a esa frase, algunos asesores intercambiaron miradas de reconocimiento.