lunes, 21 de noviembre de 2016

María Esther Pozo, activista femenina

Teoría y acción cochabambina “cien por cien”

“Mi infancia ha transcurrido en una familia de clase media”, describe María Esther Pozo Vallejo, sobre la primera etapa de este camino llamado vida, que inició el 9 de junio de 1956.

“Nunca me ha faltado nada, pero tampoco me han sobrado cosas”, indica. Su elección de palabras no es accidental, el “clasismo” amenazó con marcar su identidad en varios momentos, pero bajo la reflexión del marxismo, –un pensamiento que antes que a ella, atrapó a su progenitor, Gualberto Pozo – supo evitarlo. “Mi papá tenía una fuerte influencia socialista (…) En la casa, había mucha sensibilidad social”, recuerda María Esther, quien desde niña escuchó a su padre protestar por la pobreza de las mayorías y la riqueza de unos pocos en el país.

Imbuida desde esos años del espíritu crítico propio del marxismo, María Esther encontró en el colegio Santa Ana un espacio familiar. “He estado en varios colegios de monjas; pero es en Santa Ana donde se profundiza mi sentido social”, afirma, haciendo alusión a una religiosa de esa institución que llegó a ser senadora del Movimiento Al Socialismo (MAS).

Considerando estos antecedentes, el que la joven María Esther ingresara a la carrera de Sociología de la Universidad Mayor de San Simón (UMSS) resultaba natural y consecuente. Y, si su hogar y la escuela sembraron las semillas de la teoría socialista en su mente la universidad permitió su germinación hacia la práctica contestataria.

Casi desde su ingreso a la UMSS, ella militó en organizaciones ligadas al movimiento obrero –como el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y el Partido Socialista Boliviano (PSB)– y participó, con “alma, vida y corazón”, en manifestaciones estudiantiles.

“El 76 hubo una represión al resurgimiento de la autonomía (…) Varios compañeros fuimos detenidos en la ciudad de Cochabamba y trasladados a La Paz”, recuerda sobre ese episodio, en el que la acompañaron dirigentes jóvenes como José Luis Flores y Alfonso Canaza.

Fue en estos políticamente emocionantes años universitarios que María Esher comenzó a adscribirse a un “pliego petitorio” que hasta entonces no había considerado realmente.

“Nos dimos cuenta de que nuestras demandas de mujeres no estaban presentes en las demandas de los partidos. Nosotras nos ocupábamos de escribir los comunicados y de preparar cafés, pero no asumíamos instancias de decisión”, analiza ahora Pozo, reconociendo que esas actitudes patriarcales de los partidos, más que molestarla o perjudicarla, incentivaron su naciente feminismo.

“Creo que es un aspecto positivo del patriarcado”, reflexiona, añadiendo que en ese periodo un gran número de mujeres se volcó a la universidad para demostrar que podían hacer más que “cocinar bien rico”.

docente y activista

Meses después de egresar de la carrera, Pozo se encontró en un rol al que nunca pensó dedicarse de manera exclusiva: esposa y ama de casa.

“Yo no tengo el recuerdo de mi mamá cocinando, lavando, planchando todos los días; yo tengo el recuerdo de mi mamá trabajando”, indica Pozo sobre María Nemecia Vallejo, una mujer que se dividía entre el hogar y su actividad como comerciante.

“Gran parte de mi vida universitaria he estado divorciada, justamente porque tenía que elegir entre trabajar o quedarme en la casa, y opté por lo segundo”, comparte la investigadora.

Sin embargo, la creciente incomodidad de María Esther por no desenvolverse laboralmente encontró un respiro en la oportunidad que encaminaría el resto de su vida.

“Me encontré con el que entonces fue rector, Jorge Trigo Andia, y me preguntó qué estaba haciendo. Yo le dije que nada”, relata. Sorprendido por la respuesta de la otrora brillante estudiante, Trigo le pidió presentarse al siguiente proceso de selección de docentes.

Renovada en su confianza, el año 1982, Pozo siguió la instrucción y postuló para dar clases en la Facultad de Ciencias Económicas. “Entré de docente en la materia de Metodologías de la Investigación”, cuenta la socióloga, quien está cerca de cumplir 35 años de docencia en la UMSS.

Unos años después, Pozo y un grupo de colegas de Sociología iniciaron el Centro de Estudios y Trabajo de la Mujer (CETM), una Organización No Gubernamental dedicada a desarrollar proyectos para mujeres indígenas.

Casi a la par, desarrollaba acciones para visibilizar la temática de género en el espacio universitario e intelectual.

“Con ayuda del IESE (Instituto de Estudios Sociales y Económicos - UMSS), estaba ahí Gustavo Rodríguez, sacábamos unas publicaciones que se llamaban Nosotras, un suplemento del periódico OPINIÓN, que salía semanalmente”, rememora la socióloga, para quien, a pesar de que es innegable que el movimiento femenino ha logrado importantes avances en cuanto a derechos, aún queda mucho por hacer.

“De otra forma, los índices de violencia no estuvieran en la medida que están ahora”, lamenta, reforzando sus ganas de seguir en la lucha.

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