domingo, 22 de junio de 2014

El encierro de las Princesas Saudíes

IMPUNIDAD | CASTIGADAS POR UN CRIMEN QUE DESCONOCEN, LAS PRINCESAS ESTÁN PROHIBIDAS DE DEJAR UN RECINTO EN EL QUE CONVIVEN CON LOS RATONES.

Está en el puesto 6 del ranking de noticias más leídas del periódico El País de España: el pedido de las princesas saudíes de que las organizaciones de derechos humanos intervengan porque su padre, el rey Abdala, las ha encerrado hace más de 13 años. Les ha reducido al máximo el consumo de agua y la comida, pero las ha dejado con Internet y la posibilidad de dar su versión de lo que sucede y exigir que las Naciones Unidas, las organizaciones a favor de los derechos de las mujeres, y el resto de las instituciones que deben actuar, incluyendo la Policía saudí, se manifiesten. Una paradoja total.

Pero es que en Arabia Saudita lo que vayan a querer las hijas del rey, importa poco. Y eso es un serio llamado de atención para lo que debe estar sucediendo en estratos menos adinerados y sin tanta “realeza”, las mujeres son ciudadanas de segunda y hasta tercera clase.



CUENTO DE TERROR

La historia de las hermanas Sahar, Maha, Hala y Jawaher, hijas de Abdalá de Arabia Saudí, es tan grotesca que parece de cuento, pero desgraciadamente es frecuente en este país que quiere estar en el siglo XXI sin dejar el XV. “[El rey] me pidió que volviera con él y me negué. Nunca pensé que castigaría a mis hijas por mi causa”, declara desconsolada Alanoud al Fayez, la madre de las mujeres encerradas, por teléfono desde Reino Unido, donde reside en la actualidad.

Esta mujer, de 57 años y que apenas tenía 15 cuando se convirtió en la segunda esposa de Abdalá, asegura que el hoy monarca saudí mantiene a sus cuatro hijas “bajo arresto domiciliario” desde el año 2001. Según su relato, las mujeres viven completamente aisladas y en condiciones precarias dentro de un complejo palaciego en la ciudad de Yeddah, del que no pueden salir sin vigilancia y donde no se les permite recibir visitas. Tras el fracaso de sus gestiones para librarlas de esa situación, decidió hacer público su caso.

Todos los altos cargos están repartidos entre los hijos, varones por supuesto, del Rey. La princesa Alanoud afirma que hace cinco meses recibió la visita del príncipe Mutaib, uno de los 38 hijos del rey y el actual jefe de la Guardia Nacional. “Me dijo que querían que regresara y se negó a cualquier otra solución”, manifiesta, convencida de que Mutaib y su hermano Abdelaziz, el viceministro de Exteriores, son quienes están detrás del castigo a sus hijas, que tienen entre 38 y 42 años. “Abdalá no es tan malo”, asegura del hombre que fue su marido en dos ocasiones y que en ambas se divorció de ella sin explicaciones. Más tarde, en un intercambio de mensajes por Internet, precisa que el hecho de que “esté manipulado por otras personas no significa que no le culpe por lo que pasa”.

A raíz de esa visita, es que la princesa se decidió a entregar una carta en la oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos denunciando el caso. Al mismo tiempo, ella y dos de sus hijas, Sahar y Jawaher, abrieron sendas cuentas de Twitter en las que exponen su historia.

¿Qué otra cosa podía hacer?”, se pregunta la madre. “Me llaman llorando, no aguantan más. Mi abogado intentó viajar a Arabia Saudí para reunirse con ellas, pero no lo autorizaron”, explica entre sollozos.” Finalmente, recurrió a la prensa británica, a la que ambas han confirmado su encierro y su deseo de recuperar la libertad. En una sociedad tan renuente a airear los trapos sucios en público constituye un paso arriesgado. La madre se muestra especialmente preocupada por la salud de dos de ellas, Maha y Hala, que al parecer viven aisladas de las otras dos.

“Si se puede llamar a eso vivir”, precisa. “Aunque están en una casa muy grande, sus condiciones son miserables, sin aire acondicionado, sin ayuda, pero sobre todo sin poder hacer su propia vida, formar una familia… y la mayor ya tiene 42 años”, acierta a añadir antes de que el llanto le impida seguir.



SIN SENTIDO

Pero por más increíble que resulte en pleno siglo XXI, el asunto no es inusitado en este país cuya modernización acelerada desde el descubrimiento del petróleo es causa de numerosos anacronismos, sobre todo en el terreno social.

“Había oído hablar de ello. Tampoco es muy diferente de la situación en la que viven decenas de miles de mujeres en este país”, explica una activista saudí.

Tal como recuerda el último informe de la organización internacional Human Rights Watch (HRW), en Arabia Saudí “todas las niñas y las mujeres tienen prohibido viajar, realizar gestiones oficiales e incluso someterse a ciertas intervenciones quirúrgicas sin el permiso del hombre que tiene su tutela”, sea el padre, el marido o un hermano. Tampoco pueden casarse sin su consentimiento, ni tienen derecho a pedir el divorcio, y a menudo son discriminadas en la custodia de los hijos. Ese desfavorable marco legal, más propio del siglo XV del calendario que sigue el país que del actual, se ve agravado en el caso de algunas familias ultraconservadoras por restricciones añadidas que limitan la autonomía femenina hasta extremos inimaginables.

“Tengo primas cuyos móviles carecen de teclado para que solo puedan recibir llamadas”, confía la activista, que, como parte de una minoría ilustrada, disfruta de una libertad de movimientos con la que muchas compatriotas suyas no pueden ni siquiera soñar.



INTOCABLES

Desde su llegada al trono en 2005, Abdalá, de 89 años, ha inaugurado varias universidades femeninas, ha impulsado la incorporación de las mujeres al trabajo, les ha dado derecho de voto (aunque tenga escaso peso político) y ha nombrado a 30 de ellas miembros del Consejo Consultivo (Majlis al Shura). No ha derogado, sin embargo, la prohibición de conducir ni, lo que es más importante, el mencionado sistema de tutela que las reduce legalmente a eternas menores de edad, dependientes de por vida del varón que tenga su custodia.

¿Hubo algo en el comportamiento de sus hijas que para su padre las hiciera merecedoras de ese castigo? “Mis hijas no han hecho nada que las otras hijas no hayan hecho”, repite una y otra vez sin encontrar explicación. “No se puede hacer idea del ego del hombre saudí”, apunta.

En algún momento de 2001, la madre perdió el acceso a sus hijas y al año siguiente decidió abandonar el país como forma de presión. Pensó que tal vez serviría para asustar a los responsables de su cautiverio. Volvió unos meses después, pero tampoco logró que le dejaran verlas. Así que en 2003 desistió.

“Me sentía impotente. Pensé que podría ayudarlas desde fuera”, concluye. Han pasado 13 años.



EL MENSAJE

“Parece que la ONU, la Cruz Roja y otras organizaciones de derechos humanos necesitan que se les recuerden sus responsabilidades”, escriben en un email firmado por las dos hermanas en el que piden que se les ayude a difundir su vídeo. Quieren que esas instituciones hagan “una declaración pública” sobre su caso, en lugar de limitarse a decirles en privado que están “trabajando en ello y que han enviado cartas” al Gobierno saudí. “Tienen que venir a esta casa para ver este crimen y liberarnos de inmediato”, suplica Jawaher.

Según Sahar, la Cruz Roja ha escrito a la Media Luna Saudí para que intervenga, pero no ha obtenido respuesta. “Cómo va a obtenerla si el presidente de la Media Luna Saudí es nuestro medio hermano Faisal Bin Abdalá?”, apunta la princesa.

Las mujeres no dan crédito a la falta de reacción internacional a su situación. Ni sus llamadas de auxilio a través de la prensa internacional (en la saudí el caso no se menciona), ni las convocatorias semanales que su madre, organiza ante la Embajada de Arabia Saudí en Londres, han tenido ningún efecto. Al contrario, desde que Alanoud decidiera hacer público el encierro de sus cuatro hijas, la situación de Sahar y Jawaher ha empeorado significativamente.

Ahora sus guardianes cancelaron la salida vigilada que cada dos meses les permitían a un supermercado cercano para comprar alimentos y otras provisiones. Según cuentan en el vídeo, sobreviven a base de latas caducadas y destilan agua de mar. Pero la situación es insostenible. El litro y medio de agua que logran al día resulta insuficiente para ambas y los dos perros y el gato que les hacen compañía.

“La harina tiene ratones”, declara Sahar. Además, Jawaher necesita medicación para tratar el asma que padece. “Nos están dejando morir de hambre”, insiste. La princesa también aborda la contradicción que supone que sigan teniendo acceso a Internet y lo atribuye a un intento de desacreditarlas. “No vamos a parar hasta que logremos salir de esta casa”, apunta por su parte Jawaher.

No está claro qué ha motivado el terrible castigo paterno. Sahar lo atribuye al hecho de que hablaran con franqueza a su padre sobre los problemas que veían, algo que no gustaba a sus medio hermanos. En concreto, se refirió a que Hala, la tercera de las hermanas, descubrió mientras hacía prácticas como psicóloga en el Hospital Militar que “ingresaban a presos políticos en el área de psiquiatría, donde les administraban alucinógenos”. (Con datos de El País de España).

"Que un padre o un marido encierren a sus hijas o esposas no es inusual en Arabia Saudí. Bajo la ley saudí, el padre, el marido o el hermano tienen todo el poder de decisión sobre las mujeres"

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